JAVIER LAMARQUE
El gobernante que aprendió a gobernar antes de serlo
- PERIODISTA
- Patricio Cortés
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Tres veces alcalde de Cajeme, fundador del PRD y de Morena en Sonora, con décadas de vida en la lucha social, la campesina y el aula universitaria, Lamarque llega a la recta final de su tercer mandato con la mirada de una Sonora aún más grande. Una conversación que comprende visión, territorio y la convicción de que la política bien hecha empieza por tocar el corazón de la gente.

Ciudad Obregón, Sonora.– Hay políticos que llegan al poder desde arriba, descendiendo por escaleras bien alfombradas. Y hay políticos que llegan desde abajo, caminando sobre tierra sin asfaltar, muchas veces sin gasolina en el tanque ni dinero para comer. Javier Lamarque Cano pertenece, sin ninguna duda, a la segunda categoría. Nació y creció en una colonia popular de Ciudad Obregón, Sonora. Desde los dieciséis años se metió en luchas sociales. Fue obrero, supervisor de empresa, ordenador del INEGI, maestro de secundaria, de preparatoria, de universidad, promotor de organización campesina en el Banco Rural, jefe de oficina en la Secretaría de Agricultura, asesor del entonces jefe de gobierno de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, director de una fundación de desarrollo comunitario. Nada en esa lista es un cargo inventado para llenar un currículo. Cada oficio fue una escuela distinta, y Lamarque las cursó todas.
Hoy es el presidente municipal de Cajeme por tercera ocasión —la primera vez que un gobierno de izquierda ganó en ese municipio fue precisamente con él, con el 51% de los votos en el período 1997-2000—. Lo que sigue es el retrato de un hombre que lleva más de treinta años construyendo, con paciencia de artesano, una visión política anclada en el territorio y en la gente.
Una formación que no cabe en un aula
Cuando se le pregunta cómo se define como persona, Lamarque no recurre a títulos ni a cargos. Dice: «Una buena persona, con un sentido crítico de la realidad, que ha hecho un compromiso por contribuir en algo a la creación de una sociedad de más justicia, de bienestar para la gente.» Es una respuesta que tiene la textura de quien habló con campesinos en la sierra, con obreros en la planta y con estudiantes en el aula antes de hablar en un podio.
Esa pluralidad de experiencias no es anecdótica: es la columna vertebral de su manera de entender los problemas públicos. Un hombre que recorrió el INEGI contando la realidad estadística del país, que trabajó con productores del campo y que enseñó en las aulas, desarrolla inevitablemente una visión de conjunto que los tecnócratas criados sólo en la teoría raramente alcanzan. Sabe lo que cuesta un fertilizante, lo que gana un obrero, lo que estudia un joven en una preparatoria pública del desierto sonorense.
«Yo inicié desde muy joven en luchas sociales», cuenta. «Nunca participé en la vida partidista. Vine a participar en la vida partidista hasta que tenía 30 años.» Esa distancia inicial de los partidos no fue indiferencia política: fue la elección de alguien que prefirió primero entender la vida concreta de la gente antes de disputar el poder desde un escritorio.

Los lunes en un cuarto de la Colonia Roma
Hay un recuerdo que Lamarque cuenta con particular nitidez y que dice mucho de su carácter: durante casi una década, de 2006 a 2015 aproximadamente, cada lunes se reunía con un grupo de entre 25 y 35 personas en un cuarto pequeño ubicado en la esquina de San Luis y Córdoba, en la Colonia Roma de Ciudad de México. «Un cuartito más chico que este, mucho más chico. La mitad de esto», dice señalando la sala donde conversamos.
Ahí presidía las reuniones López Obrador. Ahí estaba también la doctora Claudia Sheinbaum, hoy presidenta de la República. Y ahí estaba Lamarque, apretujado con el resto, construyendo relaciones de afecto y amistad que serían el verdadero tejido del proyecto político que décadas después gobernaría el país. Esa imagen —la de un cuarto pequeño donde caben apenas treinta personas discutiendo el futuro de México— resume su filosofía de trabajo: lo que importa es la solidez de los vínculos, no el tamaño de la sala.

Sin gasolina en el desierto: la escuela real
Para entender a Javier Lamarque hay que detenerse en lo que él mismo llama «la historia real de la creación de Morena». Antes de que hubiera partido, antes de que hubiera registro, antes de que hubiera estructura burocrática, hubo hombres y mujeres recorriendo Sonora en condiciones de una austeridad extrema. «Nos quedábamos sin gasolina en ocasiones. Incluso pasábamos hambre porque no nos alcanzaba el dinero o no había dónde comprar comida», recuerda sin dramatismo, con la ecuanimidad de quien ya procesó eso hace mucho.
Esa experiencia —el territorio recorrido a pie, en coche averiado, en noches sin hotel— es lo que distingue su conocimiento de Sonora de un conocimiento meramente administrativo. Lamarque nombra los rincones más marginados del estado con la precisión de quien los ha pisado: la región de Chojó (Chorijoa), la región de Álamos, Quiriego, Rosario de Tesopaco, los municipios del noroeste como Oquitoa, Tubutama, Átil. No son nombres en un mapa de oficina. Son comunidades que conoce.
«Morena no se crea en el 2014, ni en la oficina», afirma con convicción. «Empieza su creación desde que Andrés Manuel fue por la presidencia en 2006.» Para Lamarque, las instituciones genuinas no nacen de decretos sino de voluntad acumulada a lo largo del tiempo, de trabajo hecho cuando nadie te observa.

Sonora visto desde adentro: diversidad como desafío y como promesa
Cuando se le pregunta por los problemas de un estado tan diverso como Sonora —con zonas de riqueza productiva y zonas de alta marginación, con pueblos originarios históricamente abandonados, con costas, frontera, desierto y sierra— Lamarque no habla en abstracto. Habla en concreto y habla con soluciones.
Sobre los pueblos originarios, reconoce que son las zonas de pobreza más antigua: «Hay que trabajar, se está trabajando. Ahí están los planes de justicia que implementó Andrés Manuel y que ahora continúa la presidenta, con los yaquis, los seris, los mayos, los pimas.» La respuesta no es retórica: nombra los programas que existen, reconoce que hay proyectos en marcha y señala que la tarea es continuarlos y fortalecerlos.
Su propuesta central para el desarrollo territorial es la creación de polos de desarrollo por regiones, integrados en una estrategia estatal única. «Son zonas muy grandes, con muchos recursos, con mucho potencial», dice. «En la frontera, en el desierto, en las costas, en los valles, en la sierra. Aprovechando las características, los recursos y las potencialidades de cada región. Y al mismo tiempo, no aislados, sino integrados en una sola estrategia estatal.» Es una visión sistémica que rechaza tanto el centralismo que todo lo decide desde Hermosillo como la dispersión de esfuerzos sin coherencia.
Y reconoce los avances sin triunfalismo: «Son de los estados que más han avanzado en la eliminación de la pobreza, lo dicen las estadísticas, y particularmente en la eliminación de la pobreza extrema.» Pero inmediatamente agrega que ese progreso no tiene el origen que algunos le atribuyen. «Este producto es de 2018 para acá, porque antes Sonora estaba sumida en el abandono total.»

El conductor que no para la máquina
Hay un momento en la conversación en que Lamarque despliega con claridad su manera de entender la gestión pública. Es cuando habla de la sucesión en el gobierno estatal en 2027. Lo hace con una metáfora que lo revela como pensador de soluciones antes que de discursos: «Es como una máquina que viene a toda velocidad y requiere cambiar de conductor. Tienes que escoger a quién va a ser el conductor que va a relevar al que viene. Si escoges a uno que no sabe manejar, tienes que parar la máquina para que aprenda. De ahí pierdes año y medio de los tres.»
La lógica es impecable, y en ella está cifrada su argumento para aspirar a la gubernatura: él no necesitaría parar la máquina. Conoce el proyecto desde sus orígenes más remotos, conoce el estado palmo a palmo, tiene relación directa con la presidenta de la República —con quien coincidió durante años en esas reuniones del lunes en la Colonia Roma— y ha gobernado ya el segundo municipio más grande de Sonora por tres períodos.
«En el 24 obtuve más del doble de la votación que en el 21», dice, y la frase no suena a jactancia sino a dato que habla por sí mismo. Un alcalde que duplica su votación en la reelección es un alcalde que la gente ha visto trabajar y ha decidido, libre y masivamente, darle más tiempo.

Las reglas del juego y la dignidad del que las acepta
Morena define sus candidaturas mediante encuestas. Es un mecanismo que puede favorecer o no a quien aspira. Cuando se le pregunta directamente qué haría si las encuestas no lo favorecen, Lamarque responde sin titubear: «Me retiro. Iría a vivir una vida política más como ciudadano.» No hay en esa respuesta ningún resentimiento ensayado ni ninguna amenaza velada. Hay la disposición del que entiende que las reglas existen por algo y que aceptarlas, incluso cuando te perjudican, es parte de la coherencia.
Esa disposición no es resignación. Es la actitud de quien confía en el proceso porque ha sido parte de construirlo. «Yo soy fundador prehistórico de Morena», dice con humor. No participó en la fundación formal del partido en 2014 —él la coordina en Sonora, es su primer presidente estatal— sino desde mucho antes, cuando el movimiento era apenas una red de personas convencidas de que el país podía cambiar.
Fue el primer candidato a gobernador de Morena en Sonora, en 2015, cuando —reconoce con franqueza— nadie quería serlo. «Nadie quería ser candidato», cuenta. «López Obrador me pidió que yo fuera, con condiciones muy difíciles.» Fue con el propósito explícito de obtener la votación mínima para defender el registro del partido en el estado. Lo logró. Esa disposición a dar la cara cuando nadie quiere hacerlo es uno de los rasgos que sus propios compañeros destacan de él.

El optimismo que se gana, no se hereda
Al cierre de la conversación, Lamarque menciona que el 71% de los sonorenses quiere que Morena continúe gobernando el estado, según una encuesta reciente. «Hay un afianzamiento. Morena ya está en el corazón y en la conciencia de la gente», dice. Y ese dato lo conecta con algo más amplio: la convicción de que Sonora, como México, está en una ruta de crecimiento y que ese crecimiento tiene que ser compartido.
«Soy muy optimista», afirma, y uno lo escucha y piensa que ese optimismo no es el de alguien que nunca conoció la dificultad. Es el optimismo templado por años de escasez y lucha, por madrugadas sin gasolina en carreteras de Sonora, por reuniones en cuartos pequeños donde se diseñaba el futuro sin certeza de que llegaría. Es el optimismo que sólo se gana habiéndolo puesto a prueba.
«Yo quiero mucho Cajeme, quiero Sonora», dice al final, con una sencillez que desarma. Hay políticos que aman el poder. Hay políticos que aman el territorio que gobiernan. Javier Lamarque parece, con toda su historia a cuestas, pertenecer claramente a la segunda categoría.


