EL REGALO DE UN HIJO ENCONTRADO…
Madres buscadoras
- MISCELÁNEO
- Zuleyka Franco
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En un país donde el 10 de mayo se llena de flores y festejos, hay madres que no reciben abrazos, porque siguen buscando bajo la tierra.
El 10 de mayo en México huele a flores, a comida casera, a reuniones familiares. Pero hay otro México que no aparece en las postales ni en los comerciales, es el de las madres que no tienen a quien abrazar. Las que cambiaron los regalos por las palas, las canciones por consignas y las celebraciones por búsquedas en fosas clandestinas.
Mientras unos celebran, ellas excavan.
Mientras unos brindan, ellas identifican restos.
Y aun así, siguen siendo madres, quizá más que nunca.
Hablar del día de las madres en México sin nombrar a las madres buscadoras es construir una narrativa incompleta, cómoda y profundamente injusta. Estas mujeres no sólo enfrentan la ausencia de sus hijos e hijas; enfrentan también la indiferencia institucional, la revictimización social y el abandono estructural.
Ser madre en México hoy también significa resistir, vivir con miedo; significa convertirse en investigadora, en perito improvisada, en activista, en voz incómoda.

El vínculo materno no desaparece con la ausencia, se transforma en motor.
Las madres buscadoras encarnan una forma de amor radical: uno que no se detiene ante la muerte, la burocracia o el miedo.
Muchas de estas mujeres jamás imaginaron salir a marcar o a excavar, el sistema las empujó ahí. Ante la inacción, ellas tomaron el papel que le correspondía al Estado.
Buscar no sólo es un acto de amor, es un acto político, es denunciar, incomodar, evidenciar. Es recordarle a un país que hay miles de desaparecidos que no pueden convertirse en estadística. La sociedad muchas veces evita mirar, porque mirar implica reconocer que esto podría tocar en cualquier puerta. Las madres buscadoras rompen esa negación colectiva.
El 10 de mayo no puede ser sólo celebración si no incluye memoria; honrar a las madres también implica nombrar a las que buscan, acompañarlas y exigir justicia.

Este 10 de mayo, mientras algunos regalan flores, hay madres que siguen buscando huesos: mientras unos dicen “gracias por todo”, ellas sólo piden encontrar a sus hijos. Tal vez el verdadero homenaje no está en los regalos, sino en no olvidar, en no voltear la mirada, en no permitir que su lucha se normalice. Porque una madre que busca no debería existir, pero en México es imposible ver ese panorama.
En México, hay madres que no celebran el 10 de mayo, lo sobreviven. En un país marcado por la violencia, y la maternidad también se ha convertido en una forma de resistencia.
De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas en México, hay más de 100 mil personas desaparecidas. Detrás de cada cifra hay una madre buscadora y estos movimientos han surgido ante la insuficiencia institucional.

Organizadas en colectivos, recorren terrenos, rastrean pistas y excavan fosas clandestinas con sus propias manos. Lo hacen, sin garantías de seguridad y muchas veces, sin acompañamiento del Estado.
Organizaciones como Madres Buscadoras de Sonora y Fuerzas Unidad por Nuestros desaparecidos en México, han documentado hallazgos que evidencian una crisis forense y humanitaria.
El problema no es la desaparición como tal, sino la impunidad.
Según datos de organismos como Amnistía Internacional, la mayoría de los casos no se resuelven, lo que obliga a las familias a convertirse en investigadoras.
Estas madres no sólo buscan restos, buscan verdad, justicia y dignidad. Han transformado el duelo en acción.
Este 10 de mayo, mientras el país celebra, miles de mujeres seguirán caminando sobre tierra removida, con la esperanza de encontrar lo que el Estado no ha podido devolverles. Mientras el país canta, ellas escuchan el eco de un nombre que no regresa. Mientras otros ponen la mesa, ellas cargarán palas. Mientras se reparten obsequios, ellas seguirán removiendo tierra.
Porque en México, ser madre también significa no rendirse ante la ausencia.

No todas las madres reciben flores en este día de fiesta y celebración, algunas sólo reciben silencio. No buscan milagros, buscan respuestas.
En otro tiempo también fueron madres de rutina, de loncheras, de llamadas, de regaños, abrazos….
Hoy, son rastreadoras de lo invisible, guardianas de la memoria, testigos de un país que aprendió a desaparecer personas y a ignorar a quienes las buscan.
La tierra se ha vuelto su lenguaje, cada grieta es una posibilidad, cada hallazgo una herida que al menos deja de sangrar en la incertidumbre…
Dicen sus nombres en voz alta para que el olvido no gane, para que el país no se acostumbre, para que alguien, en algún lugar, escuche.
Este 10 de mayo no les digas “felicidades”, diles: “No están solas”, diles “No las olvidamos”, diles “Seguimos mirando y acompañando”.
En México, este 10 de mayo hay madres que no esperan un regalo, sólo esperan encontrar a sus hijos.
MISCELÁNEO

EL SNTE INICIA CONSULTA
Para la reforma a Ley General del Sistema para la Carrera de las Maestras y los Maestros

