Revista Personae

Hasta que empieza a brillar

De Andrés Neuman. +Vida y obra de María Moliner

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De que los hay, los hay, el problema es encontrarlos y leerlos por el puro placer de las palabras. De lo malo hay que extraer lo bueno de la vida. Recién sobrellevé una pésima racha como acontece a los que tienen la fortuna de existir más de lo que uno mismo espera. Para paliar los problemas de salud no hay como tener a la mano un libro como Hasta que empieza a brillar del escritor argentino-español Andrés Neuman —originario de Buenos Aires, Argentina, que desde muy joven ha vivido en Granada, España—, en el que cuenta, de manera magistral, la vida novelada de una mujer española de excepción, María Juana Molinar Ruiz, conocida mundialmente como María Moliner, la bibliotecaria, archivera, filóloga y lexicógrafa y, sobre todo, una gran persona, autora de una obra fundamental del idioma en el que nos comunicamos más de 500 millones de personas: el Diccionario de uso del español, cuya primera edición apareció en 1966 en Madrid.

 

Andrés Neuman

 

Así, para seguir en este mundo siempre nos queda París, para continuar en la brega no hay como contar con un volumen (o dos, es el caso): a la manera del Diccionario Moliner, al que María Juana le entregó la existencia desde que cumplió sus primeros 50 años de existencia. Por simple coincidencia, María Moliner nació el 30 de marzo del año 1900, en Paniza, provincia de Zaragoza, España, casi en la misma fecha que había nacido mi abuela materna, Teodomira Torres Alarcón, en la calurosa ranchería de Tierra Blanca, Veracruz. Desde que supe la fecha de nacimiento de la pergeñadora del Diccionario de Uso, la adopté como mi “abuela literaria”, mejor dicho, como mi “abuela” de diccionario. Al fin y al cabo, la madre de María, doña Matilde Ruiz, como mi bisabuela Juana —segundo nombre de la futura filóloga—, también sabía leer y escribir, algo nada común en aquellos tiempos (antes de 1900), en España y en México, y les enseñaron a sus hijas los “garabatos” que tenían los libros “que contenían realidades invisibles para un ojo no entrenado”…”la conciencia de las letras, la atracción de su dibujo”, “ese había sido el verdadero punto de partida, el momento en que su identidad había empezado a pasarse a limpio: la conciencia de las letras, la atracción de su dibujo”.

 

A María le fascinó el significado de las palabras, tanto que llegó a concebir su propio Diccionario, y a mi abuela, en una gruesa libreta de pastas negras, llevaba puntualmente los ingresos y los egresos de su peculio; en las páginas de aquella libreta que heredó a su única hija, que sería mi madre, María del Carmen Solano Torres, para que cobrara a sus deudores que se repartían por Córdoba, Orizaba, Veracruz (puerto) e infinidad de rancherías alrededor de Tierra Blanca. Cada quien con sus palabras o sus cuentas. Al final, el asunto era saber leer y escribir. ¡Quién no tiene recuerdos, no tiene vida! Cada quien con las abuelas que le tocó en suerte.

 

Se suele identificar a María Moliner con su obra magna: el Diccionario de uso del español, al que el Nobel de Literatura colombiano, Gabriel García Márquez consideraba como “el más completo, útil y divertido de la lengua castellana” (adjetivo que revuelve el estómago a varios hispanohablantes, como sucedía con mi gran amigo el difunto coronel zaragozano Pascual Guallart, que fue agregado en varias embajadas de España en América, incluyendo México).

 

Neuman cuenta, con naturalidad que hace muy amena la lectura de su libro, las inquietudes de María Moliner cuando llegó al medio siglo de vida, aniversario que “tampoco le entusiasmaba demasiado. Aunque, se repetía, no se trataba tanto de la edad. Lo peor era la melancolía de las energías desaprovechadas…Así que necesitaba algún proyecto lo bastante excesivo como para despertarla, por ejemplo, escribir, escribir lo que fuese. ¿Su tesis inconclusa? Ni siquiera se acordaba por qué la había empezado…Una tarde cualquiera, sola en su casa, mientras hojeaba a una joven novelista, se detuvo para hacer una consulta. Abrió el diccionario de la Real Academia, localizó el vocablo, comprobó que ninguna de las definiciones la convencía. Y, casi sin pensarlo, las enmendó a su gusto, con un lápiz. Repasó en voz alta el resultado. Asintió satisfecha. Y cerró el sólido volumen”.

 

“Volvió a sentarse, pero le fue imposible reanudar la lectura. Se quedó absorta en las sombras de la ventana…Con el lápiz todavía entre los dedos, apretándolo fuerte, se puso en pie de un salto, impulsada por una idea tan disparatada que la hizo reír.

 

“Entonces se sentó frente a la mesa del comedor. Dobló una hoja. Escribió la palabra que había buscado, le pareció que empezaba a brillar, y notó que la mano le temblaba un poco”. De ahí deriva el título del libro que hoy comentamos en esta EX LIBRIS.

 

Y, entonces, empezó lo bueno para la vida de María Moliner.

 

Hasta que empieza a brillar, 
de Andrés Neuman. +Vida y 
obra de María Moliner

 

Dos epígrafes son el inicio del libro de Andrés Neuman. El primero, tomado de un pensamiento de Emily Dickinson, la solitaria aeda estadounidense que solo publicó en vida once de sus poemas; su gran obra se imprimió postmorten. Y, el segundo, de una de las fichas del diccionario que le daría fama y prestigio para siempre a María Moliner. La cita dice al pie de la letra: “Contestar (acepción usual, pero no incluida en el diccionario de la Real Academia Española). Oponer alguien objeciones o inconvenientes a lo que se le manda o indica: Haz lo que te dicen y no contestes”. Y, yo, como dicen en inglés: “You command and I Obei” (O, lo que es lo mismo, “tú mandas, yo obedezco”).

 

Hasta que empieza a brillar dilucida, o por lo menos trata de aclarar, ¿por qué Moliner decidió sentarse a escribir su diccionario hasta que cumplió medio siglo de existencia, cuando la dictadura franquista controlaba la vida en España? Y, lo más interesante, cómo fue posible que una mujer de su tiempo pudiera completar, prácticamente sola, el diccionario de autor más importante en la historia del idioma “donde no se ponía el sol”.

 

Las páginas escritas por Neuman —el autor imposible de encasillar porque sus libros siempre son una aventura del lenguaje producto de la inteligencia y el placer de la palabra—, narran la vida profunda de María Moliner, gracias a su vínculo con la esencia del idioma español.

 

De antemano el lector sabe que Moliner no fue un personaje de ficción, sin embargo, gracias al conocimiento del idioma Neuman nos la describe como si fuera de novela: figura apasionante y apasionada desde los días Infantiles pero difíciles antes, en y después de la cruenta Guerra Civil, víctima de uno de los ismos de la fratricida lucha ibérica, aunque nunca tomó el camino de las armas. Su defensa siempre fue el manejo de los “garabatos” que incluso llegó a leer al revés, como le hacía mofa su hermano. Hasta llegar a un final insospechado. Por meras revanchas seudoideológicas, cuando la República pierde la contienda, María perdió 18 niveles en su vida profesional después de haberse partido el alma como bibliotecaria del lado republicano. Lo peor, que el “macho español” —de la intelectualidad del país de la piel de toro—, hizo todo lo que estuvo a su alcance para que no alcanzara su bien merecido sillón en la RAE.

 

Como dice la contra de la edición de Alfaguara de Hasta que empieza a brillar —por cierto, la primera edición apareció en España en febrero de 2025 y la versión mexicana en abril del mismo año, “Entre la investigación y la imaginación combinando la comedia, el drama familiar y la tragedia colectiva, se abre paso la historia de una resistencia secreta. Un acto de justicia con el legado de una mujer que vivió a contracorriente y exploró las palabras hasta que empezaron a brillar”.

 

La portada del libro cuenta con un collage muy bien logrado en base a una foto de la guapa jovencita veinteañera María Moliner, en 1922, escribiendo a lápiz en una hoja, en el Archivo de Simancas, su primer trabajo, tras una pila de cinco libros colocados sobre una máquina de escribir Olivetti, bajo la luz de una lámpara de escritorio, y unas cuartillas al viento, una de las cuales es el análisis gramatical al uso de la palabra contestar.

 

La vida y obra de Moliner no pasaron inadvertidos. Se han escrito obras de teatro sobre su trayectoria, filmado documentales del legado idiomático que pergeñó para la comunidad hispanohablante de su época y reportajes de una española que no ha perdido actualidad. Antaño y hogaño son palabras que tienen cabida en todos los tiempos de María Juana Moliner Ruiz.

 

No miente la escritora mexicana Jazmina Barrera, especialista en Elena Garro, cuando afirma que “Andrés Neuman nos revela la literatura que habita en un diccionario y en la vida de (María Moliner) su creadora, acercándonos a un personaje fabuloso y haciéndole justicia a una rebeldía en tiempos oscuros, tan sutil como radical”.

 

Nadie es profeta en su tierra, se dice comúnmente, pero María Moliner tuvo la dicha de comprobar que sus esfuerzos no fueron en vano: “Sus editores —escribe Neuman—, le informaron sobre el público que estaban encontrando. Aparte de universidades y bibliotecas, que no paraban de encargar ejemplares, el Diccionario de, bueno, el Moliner, llegaba a cuatro grupos fundamentales. Estudiantes de diversos niveles. Docentes, periodistas, gente de letras. Familias trabajadoras, lo cual le emocionaba especialmente. Y, por supuesto, mujeres.”

 

“Por evidente que ahora le resultase, esto último no lo había previsto. Muchas lectoras parecían haber adoptado su diccionario como algo más que un libro de consulta: para ellas tenía cierto carácter de manifiesto cotidiano, de rebelión secreta. Quizás era una forma de recuperar, palabra por palabra, todo el lenguaje que les habían quitado”.

 

Vale la pena conocer quién fue María Moliner. Propios y extraños. VALE.

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Núm. 307 – Noviembre 2025