LO QUE QUEDA CUANDO ALGUIEN SE VA
No lo perdí… solo cambió de lugar
- MISCELÁNEO
- Karla Aparicio
COMPARTIR

Hace unos días murió mi papá
Y no, no soy experta en duelos. Es la primera vez que enfrento una pérdida tan grande, tan cercana, tan inevitable, y el mundo sigue igual, mientras uno siente que algo dentro cambió para siempre.
Desde entonces, sigo pidiendo perdón a todos los que alguna vez les dije “lo siento
mucho” cuando perdieron a alguien. No sabía lo que decía, porque hasta que la vida te arranca a alguien que amas, no entiendes.
No entiendes lo que pesa el aire, lo que duele el silencio, lo que significa mirar al
cielo con una pregunta que ya no tiene respuesta.

Mi padre fue artista plástico. El arte era su manera de respirar, su idioma más natural, su forma de entender la vida. Pintaba con colores, yo intento hacerlo con palabras, y ahora comprendo que, de alguna manera, ambos hacíamos lo mismo: buscábamos dejar algo que permaneciera, porque eso somos todos al final: una obra en proceso tratando de dejar un poco más de luz de la que encontramos.
Era un creador incansable.
No podía quedarse quieto: componía, reparaba, inventaba, transformaba.
Y hoy, cuando miro lo que dejó, veo que su vida entera fue un acto de amor hacia lo que lo rodeaba:
Su jardín, sus lienzos, su casa, su perro, su gente.
Sostener sus cenizas fue como sostener la certeza de que el cuerpo es frágil, pero el amor no.
Ahí entendí que las cenizas no son un final, son una traducción. La materia se disuelve, pero la esencia se queda flotando en los lugares donde fue feliz, en las personas que amó, en las palabras que dejó sembradas.

Dicen que el dolor se va con el tiempo, pero no creo que sea así. El dolor no se va: se acomoda. Deja de arder, pero se vuelve parte de uno. Y en medio de ese acomodo también llega algo hermoso: la claridad. Empiezas a ver distinto, a valorar los instantes que antes pasaban inadvertidos, a agradecer lo simple.
Ya no corres tanto.
Ya no esperas tanto.
Solo miras, respiras y das gracias.
No sé en qué momento exacto el duelo se transforma en gratitud.
Solo sé que sucede.
Y un día despiertas con la certeza de que no perdiste, solo cambió la forma de estar juntos.
Ya no lo escucho con los oídos, pero lo siento en todo lo que florece.
Ya no lo veo en persona, pero lo encuentro en cada cosa que sigo amando.
Mi padre me enseñó muchas cosas: a reír, a no juzgar, a seguir creando aunque
duela.

Y sin saberlo, me dejó una última lección: la importancia de dejar algo para los
demás cuando nos vayamos.
De ser generosos con nuestro paso por el mundo.
Porque la vida no se trata solo de estar… sino de dejar.
Hoy lo entiendo más que nunca.
Venimos a construir memoria, a sembrar belleza, a tocar la vida de otros con lo que
somos.
Al final, eso es lo único que permanece.
No lo perdí.
Sólo cambió de lugar.
Y mientras yo sigo aquí, escribiendo con las palabras que me dejó el amor, pienso
que cuando me toque a mí… también quiero dejar algo que ilumine.
Como lo hizo él.

“El amor no muere: solo aprende a hablarnos desde otro lugar.”
En homenaje a ti, papá.
Tu arte sigue respirando en cada color,
y tu amor… en cada palabra que intento escribir.


