IRENE VALLEJO, EL INFINITO EN
UN JUNCO

La invención de los libros en el mundo antiguo

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En materia de libros nadie puede presumir que se las sabe de todas, todas. Imposible. Hay cuestiones tan raras en este campo que ningún ser humano parido de mujer podría explicarlas. Por ejemplo, en el mes de septiembre de 2019 el mundo todavía no declaraba la pandemia de COVID-19. Por esos días, “su manda” —dijeran los gitanos—, disfrutaba la vida tanto en el madrileño Barrio de Salamanca (mi favorito entre los favoritos), como en las frías calles de Bilbao (Bilbo dicen muchos nativos del lugar) o en Santander, Cantabria, que son palabras mayores. En uno de los tantos suplementos literarios que todavía acostumbran algunos periódicos españoles, no recuerdo el nombre del autor de la crítica del caso, hablaba maravillas de un nuevo libro escrito por una juvenil doctora europea (en filología clásica) por las universidades de Zaragoza (patria chica de la escritora), y de Florencia. Irene Vallejo Moreu es la autora de El infinito en un junco, editado en primera edición por Ediciones Siruela, que se ha ganado a pulso la posición que ahora detenta en el mundo editorial español. Por las razones que daba el crítico sobre el volumen en cuestión —recuerdo que viajaba por ferrocarril de Madrid a Santander—, decidí comprar el libro en mi librería acostumbrada. Hasta ahí todo bien. Suele decirse: El hombre propone y Dios dispone, llega el diablo y todo lo descompone. Mi decisión de adquirir el libro era firme, pero en cuanto llegué a la santanderina estación ferroviaria, mis anfitriones traían ideas diferentes y el dichoso libro pasó a la reserva de los pendientes. Sí, pero en mi cerebro quedó otro registro. En mi fuero interno la compra se había hecho, aunque en la realidad no.

 

Irene Vallejo, El infinito en un junco

 

El tráfago de mis estancias en España —tanto por mis obligaciones de la embajada y mis otros compromisos profesionales de asesoría internacional y mis artículos periodísticos—, con frecuencia me superan. La verdad es que al paso de los años te restan capacidad de acción. Por una o por otra razón, la compra del libro de Irene Vallejo quedó en el rubro de los buenos propósitos, pero la lectura del suplemento me nutrió de buena información tanto del volumen en sí, como de la juvenil escritora y filóloga.

 

Al retorno de mi enésimo viaje a España, y al desempacar la maleta atiborrada de libros, revistas, periódicos y otros enseres de escritura, busqué y rebusqué el libro de Irene Vallejo. Obviamente no lo encontré. Juraba que lo había comprado. Hasta los euros gastados “recordaba”. Y así fue pasando el tiempo y mi artículo sobre El infinito en un junco —para Personae—, se pospuso mes tras mes. Cuando decidí “recomprarlo” Siruela ya editaba la vigésima sexta edición, en febrero de 2021. Por supuesto estaba en Madrid, de nueva cuenta, y entonces la compra la hice en la librería de El Corte Inglés de la calle Goya, en el Barrio de Salamanca, a unas calles del hotel donde me hospedo, NH Lagasca. Ahora, a un año y dos meses de distancia escribo la EX LIBRIS que tardé ese mismo tiempo en pergeñar. Repito, en materia de libros, nadie se las sabe de todas, todas.

 

En el tiempo transcurrido de su primera edición a la fecha, el libro de Irene Vallejo ha recibido, nada menos las siguientes distinciones: Premio Nacional de Ensayo 2020; Premio de la Asociación de Librerías de Madrid al mejor libro del año en la categoría de no ficción; Premio El ojo crítico de Narrativa; Premio Las Librerías Recomiendan en la categoría no ficción; Premio José Antonio Labordeta 2020; Premio Búho al Mejor Libro de la Asociación Aragonesa de Amigos del Libro; Premios de Literatura Histórica Hislibris en la categoría de mejor obra de no ficción; Premio Acción Cívica en Defensa de las Humanidades en la mejor categoría de mejor obra de no ficción; Premio Nacional =Promotora de los Estudios Latinos=, y los que se sumen.

 

Y como dice la cita de la admirada Siri Hustvedt —la esposa del no menos reconocido Paul Auster, pareja de escritores que han sido comentados en Personae en más de una ocasión-, que Vallejo recuerda en el inicio de su volumen: “Los signos inertes de un alfabeto/ se vuelven significados llenos de vida en la mente./ Leer y escribir alteran nuestra organización cerebral”. E, inmediatamente empieza el viaje a bordo del junco construido por la filóloga zaragozana, para llegar hasta las playas del “infinito”. Y el polígrafo mexicano, hijo de Monterrey, don Alfonso Reyes decía: “Leer es al escribir como el cóncavo al convexo”.

 

Irene Vallejo, El infinito en un junco

 

En las primera tres líneas del Prólogo, Vallejo nos confirma como lectores-observadores: “Misteriosos grupos de hombres a caballo recorren los caminos de Grecia. Los campesinos los observan con desconfianza desde sus tierras o desde las puertas de sus cabañas”… Y agrega: “Para cumplir su tarea deben aventurarse por los violentos territorios de un mundo en guerra casi constante. Son cazadores en busca de presas de un tipo muy especial. Presas silenciosas, astutas, que no dejaban rastro. ni huellas”.

—“Libros, buscaban libros”.

    “Era el secreto mejor guardado de la corte egipcia. El Señor de las Dos Tierras, uno de los hombres más poderosos del momento, daría la vida (la de otros, claro; siempre es así con los reyes) por conseguir todos los libros del mundo para su Gran Biblioteca de Alejandría. Perseguía el sueño de un biblioteca absoluta y perfecta, la colección donde reuniría todas las obras de todos los autores desde el principio de los tiempos”.

 

¿Quién que ya está inoculado con el +veneno de los libros+ no ha tenido una y mil veces ese sueño borgeano de poseer la mejor biblioteca del mundo? Y si algún lector que se respete no lo ha tenido, entonces ni la menor idea tiene de lo que esto se trata. Incluso en el absurdo universo de la Internet.

 

Irene Vallejo describe en su prólogo las angustias de su noble propósito: “Después de todas las agonías de la duda, después de agotar los aplazamientos y las coartadas, una tarde calurosa de julio me enfrento a la soledad de la página en blanco. He decidido abrir mi texto con la imagen de unos enigmáticos cazadores al acecho de la presa. (¡Y qué presa!, BGS). Me identifico con ellos, me gusta su paciencia, su estoicismo, sus tiempos perdidos, la lentitud y la adrenalina de la búsqueda. Durante años he trabajado como investigadora, consultando fuentes, documentándome y tratando de conocer el material histórico. Pero, a la hora de la verdad, la historia real y documentada que voy descubriendo me parece tan asombroso que invade mis sueños y cobra, sin yo quererlo, la forma de un relato. Siento la tentación de entrar en la piel de los buscadores de libros en los caminos de una Europa antigua, violenta y convulsa. ¿Y si empiezo narrando su viaje? Podría funcionar, pero ¿cómo mantener diferenciado el esqueleto de los datos bajo el músculo y la sangre de la imaginación?”.

 

“…Tal vez allá, en el siglo III a.C., fue la única y última vez que se pudo hacer realidad el sueño de juntar todos los libros del mundo sin excepción en una biblioteca universal. Hoy nos parece la trama de un fascinante cuento abstracto de Borges —o, quizás, su gran fantasía erótica—”.

 

Irene Vallejo redondea su idea de redactar este su gran libro, suponiendo que aquellos cazadores de libros, “tal vez no entendían la trascendencia de su tarea, que les parecía absurda, y en las noches al raso, cuando se apagaban los rescoldos de la hoguera, mascullaban entre dientes que estaban hartos de arriesgar la vida por el sueño de un loco. Seguramente hubieran preferido que los enviasen a una misión con más posibilidades de ascenso, como sofocar una revuelta en el desierto de Nubia o inspeccionar el cargamento de las barcazas del Nilo. Pero sospecho que, al buscar el rastro de todos los libros como si fueran piezas de un tesoro disperso, estaban poniendo, sin saberlo, los cimientos de nuestro mundo”. Ni más, ni menos.

 

Lo demás sigue por cuenta del lector de esta EX LIBRIS. Cada quien decidirá si decide convertirse en un pasajero más del “junco que viaja al infinito. Y gozar de lo que encontró el argentino Alberto Manguel: “Vallejo ha decidido liberarse del estilo académico y ha optado por la voz del cuentista, por la historia encendida como fábula”. (Babelia de El País). O como lo detectó Juan José Millás, también en El País: “Los libros que te desbravan, que te doman, que te imponen el ritmo de lectura, que te quitan los nervios, no suelen encontrarse pese a ser tan necesarios. El último de los descubiertos por mí se titula El infinito en un junco”. O, como intuyó el intranquilo Premio Nobel de Literatura, el peruano-español Mario Vargas Llosa: “El amor a los libros y a la lectura son la atmósfera en la que transcurren las páginas de esta obra maestra. Tengo la seguridad absoluta que se seguirá leyendo cuando sus lectores de ahora estén ya en la otra vida”. Por esto y otras cosas más, la obra de Irene Vallejo ya ha conocido más de 40 ediciones y traducido a unos treinta idiomas.

 

A principios del mes de abril, Irene Vallejo anduvo por México y en la famosa Sala Nezahualcóyotl mantuvo una conversación con Rosa Beltrán y Socorro Venegas, con motivo de El infinito en un junco. No tuve la fortuna de asistir a dicha reunión, pero trascendió que la zaragozana se refirió a su obra con una afortunada frase: “Todos somos un libro”, escritores o no. Los lectores hispanohablantes y los de otros idiomas estamos en deuda con la gentil y guapa autora. Genial: “TODOS SOMOS UN LIBRO”. VALE.

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