LOS TOROS FUERA DEL CORRAL 

Estampas

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El dos mil veintiuno nos deja diferentes estampas en el toreo. Una de las más socorridas será sin duda la sucedida el doce de diciembre: la Plaza México llena con casi cuarenta mil espectadores. No sólo por su significado y por lo que allí pasó, sino también lo que dejó de pasar.

 

Una estampa dentro de la estampa: El matador, Antonio Ferrara, arriba de un caballo dándole una puya experimentada, apenas un piquete a su propio toro. Entonces, vino la división en los tendidos. ¿Es o no correcto que el matador puye al astado? El público enloquecido en su mayoría aplaudía por el suceso poco visto en la plaza México, pero algunos se preguntaron si este gladiador moderno estaba inspirado por el buen animal de la ganadería de Bernaldo de Quirós que le salió, o quizá lo impulsó la plaza colmada a la espera del triunfo del matador Morante de la Puebla, su rival en turno, y por eso estaba rozando lo circense que puede llegar a convertirse una fiesta, un arte, el toreo para sorprender al espectador incauto. La acalorada división de los asistentes para pedir o no el rabo como trofeo tras una buena faena del matador extremeño, será otro de los elementos para que la corrida en cuestión pase a la historia como un referente del arte de la fiesta brava.

 

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Las historias controvertidas no son nuevas, se dan dentro y fuera del ruedo. En 1816, el pintor Francisco Goya urdía una serie de grabados llamados “Tauromaquia”, aunque las ventas de dichos grabados fueron un fracaso para el pintor de Fuendetodos, varias estampas, entre ellas las de varilargueros enfrentando al toro pasaron a la historia. Años después nacería un mito aún no resuelto sobre las preferencias del pintor hacia la tauromaquia. Los clásicos historiadores de Goya, que lo ven a favor de la fiesta, dicen que realizó aquella obra de arte por la situación histórica que lo arrojó a salir de sus propios tormentos, en aquella España que venía de una guerra, justo en el momento que las corridas de toros regresaban a las plazas después de la prohibición de 1805. La crudeza de las estampas era porque en aquel entonces el caballo no tenía peto y la adrenalina en la plaza estaba a tope cada corrida. Por otro lado, los examinadores que creen a Goya antitaurino no toman en cuenta todos los factores de la historia y alegan que los grabados, por su forma y fondo, eran una crítica de la violencia en las corridas de reses. Lo que es un hecho es que un hombre a caballo dando una puya fue y será un tema del cual habrá muchas estampas más.

 

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Otra valiente viñeta se dio después de que el toro, de más de 400 kilos, saltó hacia el callejón de la plaza y corrió mientras algunos se escondían detrás de las tablas y espacios para la prensa e invitados, apareció entonces una mujer con un saco rosa que saltó al ruedo con destreza y una estética de llamar la atención, se trataba de Cristina Sánchez, torera en retiro y apoderada del matador Ferrara, que se ponía a salvo del burel. Una mujer en la arena del negocio del toreo es una imagen prometedora para reformular la alicaída superficie del mundo macho y anquilosado de los toros.

La última estampa de la tarde podría haberse dado en más de una localidad de la plaza, cuando el reloj y timbales iban a sonar en punto de las cuatro y media, en medio de cientos de espectadores que ya ocupaban muy alegres su lugar entonando el himno nacional, caminaba lentamente un hombre que se dirigía a su asiento, podría ser cualquier asiduo y entendido aficionado. Pasaba apenas los sesenta años, llevaba una chamarra que en otro tiempo estuvo de moda y fue nueva, tenía un semblante preocupado por no tropezar, por no molestar y por no perder su bolsa de plástico en la que envuelto en papel aluminio llevaba su refrigerio, llegó a su lugar sin ver su boleto, eran las butacas que han ocupado por años con su derecho de apartado, su abuelo, su padre y sus hermanos, esta vez vacías, y sentados ahí estarán los fantasmas de perseverantes aficionados a las corridas de toros que jamás volverán. La agonía de la fiesta y la esperanza están en los que van porque aún pueden y en los que, como Christina, no sólo les basta enfrentar una res brava, sino que buscan desafíos aún más altos.

 

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Lo que no pasó fue el triunfo de Morante de La Puebla, toda una incógnita. Igual que la iniciativa para prohibir las corridas de reses bravas, que casi pasaba al pleno del cabildo para la votación, pero se detuvo de último momento y a ciencia cierta no se sabe que depare a los toros en la ciudad de México. Acaso acudimos ese doce de diciembre al último lleno, quizá la prohibición venga después, cuando la tan acechada esperanza de que se despliegue el arte taurino decaiga frente a las tablas, que ni las mujeres y su brío puedan salvar o que no quede heredero para ver si por suerte surge el arte, donde un torero y un toro, cualquier tarde de fiesta podrán morir en la arena.

CULTURA

Núm. 277 – Diciembre 2022

Enrique Wong Pujada

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