¿Y SI LATIMOS JUNTAS?

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Karla Aparicio

Hace unos días iba caminando con mi hija por la calle y nos topamos con una chica muy agradable que, amablemente y con gran sonrisa la saludó y muy emocionada le dijo: «Quizás tú a mí no me conoces, pero yo sigo tu trabajo y te admiro, eres una mujer valiente con quien me identifico mucho; eres un ejemplo para mí, y estoy muy feliz de poder decírtelo frente a frente».

Mi hija se quedó “congelada”, sin saber qué responder. Después de unos segundos, pudo soltar la palabra y le dijo: «¡Gracias! ¡Qué linda! No es algo normal que una mujer le diga tantas cosas lindas a otra. ¡Mil gracias!». Este encuentro me movió, porque me hizo recordar la importancia que tiene el reconocernos entre nosotras, y me dio mucho material para escribir.

Cuando yo tenía más o menos su edad, recuerdo haber vivido un encuentro similar, pero en un contexto totalmente contrario, fue cuando me invitaron a colaborar como conductora en la única empresa televisiva de esa época. Durante los primeros días en la compañía, una mujer me detuvo en los pasillos, con una gran sonrisa, para darme la bienvenida. Ese gesto me hizo sentir muy bien, me hizo sentir incluida, pero inmediatamente después, dijo: «Pero las mujeres que se ganan los puestos enredándose con los directivos, ¡no duran! y por aquí desfilan cientos». ¡Auch! Sí que fue un comentario muy destructivo, como de novela.

Finalmente, mi colaboración no fue de estancia corta, fue de seis años, y renuncié justo cuando iba a nacer mi primer bebé. Estoy segura de que este tipo de situaciones las hemos vivido en cuantiosas ocasiones, por lo general como víctimas, pero quizá en algunas hemos sido victimarias, a veces aún sin darnos cuenta. ¿Cuántas veces en una reunión de mujeres criticamos, por ejemplo, a la que no está presente o a la que ni conocemos siquiera?

Aunque los tiempos han cambiado de manera abismal, hemos crecido bajo la idea de que las principales enemigas de las mujeres son otras mujeres. Lo vemos en los cuentos de hadas, en las películas, en las novelas. El resultado es casi siempre el mismo: villanas que atacan y sabotean a otras mujeres. Solo basta con revisar algún clásico, como el de Blancanieves, quien prefiere huir de su casa y vivir con siete enanitos desconocidos a seguir bajo el mismo techo con la persona que “debía” protegerla, su madrastra, y es ésta quien decide “envenenarla”, es decir, ¡matarla!, con tal de seguir siendo la más bella. ¡Madre mía! Con qué historias “lindas” hemos crecido.

Por si fuera poco, lo hemos trasladado a nuestra vida: nos escaneamos de pies a cabeza, nos criticamos, nos juzgamos, nos atacamos, nos despedazamos… No somos capaces de reconocernos. Es más, ¿cuántas veces hemos escuchado la frase, “el peor enemigo de una mujer es otra mujer”? Qué triste suena, ¿no?

Estoy segura de que ni nuestras madres, nuestras abuelas, y tampoco nuestras maestras nos hablaron nunca de la SORORIDAD, y no podemos culparlas, ellas tampoco tuvieron quién les hablará sobre la posibilidad de no ser enemigas entre ellas, sino de ser compañeras.

Karla Aparicio

DECONSTRUYENDO LA IDEA DE QUE SOMOS ENEMIGAS

La sororidad, en palabras cortas, es una práctica ética y política por la que las mujeres nos reconocemos de manera recíproca, nos identificamos como diversas, pero también como pares; es percibirnos como iguales para alinearnos y transformar nuestra realidad. Es un sentido de hermandad, de consideración y de empatía. Sororidad proviene del latín soror, que significa hermana, pero es mucho más que un concepto académico o filosófico: es un valor muy necesario.

Existen mujeres “sororas”, como la chica con la que se topó mi hija. Estas mujeres han logrado superar en gran medida los prejuicios que giran sobre este tema. Hay muchas cualidades que las definen, y esto creo que se logra solamente cuando la mente y el corazón han recorrido un proceso de evolución sano. Han hecho un trabajo personal, y entienden que descalificar y criticar a otras mujeres solamente es por la inseguridad de un sentimiento de inferioridad y de baja autoestima; en realidad es sinónimo de falta de amor propio.

 

Convirtámonos en aliadas, en amigas, en compañeras y deconstruyamos la idea de que nacimos para ser enemigas. Somos diversas, con experiencias, conocimientos e historias diferentes. No nos señalemos con el dedo, no nos hagamos sentir amenazadas, más bien reconozcamos las cualidades de la otra y si tenemos la oportunidad de decírselo, ¡hagámoslo!

Por su puesto que no es fácil, crecimos validando esa rivalidad. Pero cuando lo hacemos, es bellísimo lo que sucede, no solo en la mujer que recibe tu halago, la magia sucede también de quien lo emite.

Karla Aparicio

Cómo ser sororas para latir juntas:

*Dejemos de criticarnos por la ropa que llevamos, si nos maquillamos o no, o por el corte de cabello. Cada quién tiene derecho a elegir su expresión estética ¿o no?

*Evitemos descalificarnos con términos como: “fea”, “gorda” o “superficial”. Empecemos a valorarnos por lo que realmente somos.

*Jamás, jamás, nos digamos “putas” por decidir sobre nuestra propia vida sexual. Respetemos el derecho de cada una a elegir sobre su cuerpo.

*Paremos de juzgar a las mujeres que deciden no ser madres, o que ejercen su maternidad de formas no convencionales. No critiquemos sus decisiones reproductivas o familiares.

*Respetemos las relaciones sentimentales de otras mujeres sin entrometernos, pero estemos disponibles y decidamos no ser cómplices o partícipes si creemos que alguna está siendo engañada o humillada.

*Nunca, pero nunca, asumas que una mujer está en puestos de poder por favores sexuales. Nunca iniciemos rumores en contra de nosotras.

*Si ves que alguna mujer es víctima de violencia en cualquier escenario, ¡intervén! Bríndale alguna clase de apoyo.

*No critiquemos a las mujeres que siguen alienadas y contribuyen al machismo, recordemos que es un problema generacional, y más bien ayudémonos a aprender y a crecer de manera constructiva.

*Apoyemos también a las otras feminidades: su lucha por la inclusión y la no discriminación también es nuestra.

Las mujeres “sororas” son las que se construyen unas a otras, no las que se destruyen. Seré sincera, no todo lo que he escrito lo he cumplido al pie de la letra, pero cada día lo intento, es un trabajo diario de sensibilización y autoeducación. Desde la conciencia y la práctica cotidiana es posible cambiar nuestra propia mentalidad.

Eso sí, debo confesar, que me han dejado de invitar a algunos grupos donde se da rienda suelta a las críticas a otras mujeres, pero me he topado con otros donde nos construimos unas a otras y eso no tiene precio.

El esfuerzo vale la pena, porque al final se nota: te transformas en una mujer libre y plena, capaz de ver la belleza de otras mujeres, porque tú puedes verla dentro de ti.

 

Nos enseñaron a ser rivales, pero siendo cómplices y compañeras somos más fuertes. Siendo hermanas somos invencibles.

“Yo con las mujeres de mi alrededor no compito, nos construimos, y me dan la mano cuando voy última. A mí no me dan envidia: las admiro, a todas, porque cada una lucha incansablemente para llegar donde les dijeron que no podían. Las mujeres que conozco educan, piensan, hacen, vuelan. Han dejado de decirse que son ellas las malas.”

Autora desconocida.

MISCELÁNEO

Núm. 275 – Octubre 2022

Nueva Ley de Husos Horarios

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