CONFORTABLE CUITA

COMPARTIR

Facebook
Twitter

Hay tantos frentes abiertos y enfocados al Gobierno Federal, en los que las denuncias por opacidad, corrupción, cinismo, simulación e impunidad se multiplican diariamente sin que se vea, al menos, una pequeña muestra de que serán atendidas y por ende resueltas y, en dado caso, castigadas.

Ante ese panorama, la incertidumbre, desesperanza y zozobra alimentan el desencanto en sectores de la sociedad que anidaban expectativas de cambios contundentes tanto en el Gobierno como en la estructura social, orientados a darle un equilibrio a la distribución de la riqueza y fortalecer los esquemas de justicia para las personas de menores ingresos.

El tiempo pasa y se agotan los periodos de la administración presidencial sin que las promesas se hagan realidad. En cambio, la simulación se fortalece día con día abrigada y muy bien protegida por la impunidad: actitud de la que quienes tienen el bastón de mando han hecho doctrina y credo. Así se mueven en las esferas del poder, permeadas hasta sus fibras más profundas por la corrupción que lleva intrínsecas esas prácticas, y que no han podido, o querido, sacudirse los políticos y gobernantes del México actual.

 

Confortable cuita

 

Esa permanencia y agudización de dichos males en la vida cotidiana del país, deja en claro la imposibilidad de erradicarlos con simples discursos y promesas intencionales: están arraigados en la estructura, prendidos a ella como acero fundido y se requiere de fuerza cultural e ideológica y mentes brillantes convencidas de hacerlo, para arrancarlos, someterlos y erradicarlos.

Llegar al punto en que ahora la sociedad sufre y padece la impunidad, simulación y corrupción, llevó décadas, siglos, aunque bien es cierto que en los días corrientes son más evidentes y contundentes sus efectos y el desastre que ello significa para la vida de los mexicanos, de todos los mexicanos, desde la clase trabajadora hasta la llamada clase media, excluyendo, por su nivel económico, a los dueños del capital.

 

El fenómeno sociopolítico y económico que han generado esos lastres es como el fuego, una vez encendido todos lo sienten en mayor o menor intensidad, pero nadie se salva. Para un sector de la sociedad, cada vez más grande, el calor es asfixiante y quema sus anhelos y sueños de justicia, apaga los vientos del cambio esperado. La inseguridad galopa sin freno, libre y soberbia lo mismo por altares y catedrales, que en las brechas rurales y barrios populares de las urbes.

 

Insolente, como resultado de los desaciertos de la economía política, en esto se incluye la circunstancia global, la hambruna montó en ancas de ese corcel salvaje arrendado por los reales de la inseguridad, alimentando con ello la zozobra para los meses cercanos, y ya no se diga para el resto de la tercera década de este siglo XXI.

 

Y esto resulta muy peligroso para el desarrollo sociopolítico y económico del futuro inmediato, de mediano y largo plazos. Son tantos años de engaño y desesperanza, que el anhelo de consolidar la democracia en su expresión de mayor justicia e igualdad es consumido por los ventarrones de los temporales invernales, ¿acaso infernales? Que no cesan y llevan a la conciencia de la sociedad los instintos más primitivos de la civilización: no sólo el de instalarse en el confort de la apatía y ajustarse a la adversidad y los estragos producidos por la corrupción, impunidad y simulación, que descarrila el derrotero de la vida cotidiana de las personas que esperan un mejor país, sino que de ello se haga costumbre y cultura, la cultura del desquicio, en la sociedad.

 

El desencanto es muy mal consejero para tomar decisiones en el individuo, peor es para organizar a una sociedad que se llama a engaño por ignorancia o por gansada. El desgaste que sufren los valores cívicos, ideológicos, emocionales y morales, por la intermitente demagogia de los discursos políticos y la prometería vacua de los gobernantes, tiene efectos dantescos para las masas, abre puertas a la oscuridad y deja libre el paso a los intereses siniestros de la mezquindad, que favorecen a plenitud los objetivos y metas de los dueños del poder y la riqueza.

 

Confortable cuita

 

México transita en esos corrillos. El interés y la ambición individual se apoderaron de la precaria conciencia colectivista. Los baluartes de esa corriente de pensamiento son confinados a reductos de intencionalidad, proscritos de la actividad política, económica y social. Son empujados a los precipicios de la ignominia y el sometimiento, como última oportunidad de permanecer y pertenecer a una causa sin abandonar la circunstancia.

 

El daño que esto encierra es mayor cuando se hacen recuentos de los posibles avances en la conquista de la democracia o el sentir como hechos consumados los cambios esperados, visto desde la limitada perspectiva comicial. Cada renovación de la administración presidencial se repite la historia y el discurso, en cuanto se conocen los resultados de la votación.

 

“Ganó la democracia”, “llegó el cambio”, se dice y se pregona a todo pulmón, para que el rezo sea escuchado más allá de la capilla, el ganador siempre dice, y dirá «es la masa votante la dueña del triunfo», aunque nunca haya llegado ésta al número total de los empadronados, y sí en cambio la abstención gane terreno en cada elección.

 

En ese espacio resulta una herejía criticar y analizar si el voto de esa masa fue razonado o simplemente inducido con labia sobre la coyuntura social, aderezada con promesas de llevar a buen puerto el barco naufragado, sacarlo del encalle y darle viento en popa para lograr las mejores y más ricas capturas propias de altamar.

 

Hasta ahora, después de poco más de dos siglos como nación soberana, el barco sigue encallado, lejos de saberse navío que navega mares de pesca de altura, que doblega la desgracia, necesidad y el hambre, a satisfacción plena, de su tripulación, empantanada desde siempre por someterse y dejarles el timón a capitanes zafios.

 

Bajo estas circunstancias se avistan peores tormentas para el periodo en que habrá de definirse el relevo de la capitanía del bajel, no se prevé un golpe de timón como resultado de ese proceso, más bien se antoja que permanecerá la estructura del “patrón de barco”, único y absoluto dueño de rutas y decisiones para navegar, encalle o se hunda la embarcación.

POLÍTICA

Núm. 277 – Diciembre 2022

Enrique Wong Pujada

¿Por qué la Alianza del Pacífico vela por la unidad y el progreso social?