CABEZA:
El día que se fueron las lluvias

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Y se puso el cielo bien bonito, todo lleno de nubes negras que ya parecían se iban a caer, y el aire arreció, tanto que levantó tolvaneras que se hicieron como tormenta. Los rancheros recogieron a toda prisa el ganado. Lo metieron a los corrales perimetrados con palos de huizache, y se recogieron en sus casas para esperar el aguacero ausente por tres años, tiempo en que ni gota cayó en estos desiertos colindantes de Durango y Chihuahua: 1993 fue el peor año de seca para estos lares.

 

El corazón de los hombres aceleró su paso, la bendición ansiada estaba por llegar. Las mujeres, discretas atendían los menesteres de la cocina, con la lluvia que esperaban, también, caía la tarde y por estos rumbos la cena se sirve temprano.

 

En los corrales, vaquillas y toretes bramaban con la ansiedad de oler el agua que flota en el ambiente. El torrencial danzaba en la atmósfera y se retorcía entre relámpagos y los grises vertiginosos de los nubarrones. Aquello era la consagración de la esperanza, la Gracia de Dios en los terrenos de los mortales. Por fin el Creador escuchó y atendió a los fieles de esta comarca.

 

Los demonios del estiaje aullaron largo tiempo y se revolcaron en la planada, rugieron como espectros agonizantes, y en su furia azotaron puertas y ventanas mal aseguradas del minúsculo caserío. Atemorizaron a los lugareños con su agonía escandalosa, por más de una hora.

 

 

La lluvia estaba ahí, flotaba a baja altura y se anunciaba fresca y nutrida en los cielos plomizos, alebrestados, apabullantes con truenos y relámpagos que iluminaban la miseria sedienta de estos seres que se niegan a abandonar las tierras deshidratas, estériles, “porque en cualquier momento cae el aguacero que cambiará su destino”. Y por eso rezan y por eso tienen Fe, y por las mañanas se persignan con la señal de la cruz estampada en los contornos del índice y pulgar de la diestra. La tormenta, en esta tarde alcahueta, se respiraba en cada rincón de esta llanura de huizaches y mezquites, y en las tierras finas como talco niveladas en la resequedad que delimitan el horizonte impoluto que acusa la frontera durango-chihuahuense.

 

Demonios, entes infernales, así como se anunció… El temporal se fue. Se desvaneció con la misma rapidez que se hizo presente. Sí. Bravero, insolente y burlón. Ni una sola gota de agua tocó la tierra reseca a punto de talco amarillento. Otro chasco. Se fueron los Dioses montados en sus corceles salvajes, cargados con su maleta atiborrada de súplicas mudas y sordas, y los mortales quedaron en su rebaño mitológico. Rezaron por años. Ofrendaron prendas sagradas, entregaron diezmos por encima de lo convenido, pero las deidades se fugaron con toda esa riqueza humana, indolentes de que los pobres son honestos y, por ello, carecen de la malicia del poder que en su ostentosidad ni siente, ni perdona, menos complace.

 

Ahí va otra tormenta fallida, mentirosa. La ilusión corrió tras las tolvaneras guardianes de la retaguardia de esa falsedad y que en su andar pedestre descubren los carcajes de las reses, asesinadas por la sed y el hambre, de Pifanio, de Matías, de Román, de ¡Su puta madre! Y el Sol insospechado, aquel día se fue avergonzado a ocultarse en un crepúsculo seco, indiferente. Ya tiene costumbre de hacerlo.

 

¡Ya no llovió! El fogón arde con la necedad de la leña de mezquite zarazo. Qué bendición que este chaparral de matorrales rebeldes rete, por su naturaleza, las burlas de los temporales, esos siervos de las tormentas que responden a la orden de la metamorfosis antropogénica del clima global, en estas soledades donde el matorral crece por todas partes con el puro vaho de las irrisorias humedades, y gracias a ello echa fibra dura que, para el caso, hace buena lumbre. El estiaje retomó su penosa normalidad, para estas regiones del norte mexicano.

 

Y por esas mismas inmediaciones, quienes cuentan con el vital líquido para sus menesteres cotidianos y para sembrar y tener ganado, no cantan mal las rancheras en cuanto a las adversidades derivadas de la provisión y consumo de agua, porque está cargada de arsénico. Información del Servicio Geológico Mexicano precisa que entre 400 mil y un millón de personas que habitan la región de la Comarca Lagunera consumen diariamente, porque es su única opción, agua contaminada con arsénico. El rango es grande, el arsénico también.

 

 

En México, precisa el SGM, desde 1958 se reconoció que la Comarca Lagunera es una zona con hidroarsenicísmo crónico, época en que se hicieron visibles los primeros efectos en la salud, que se manifiestan como enfermedades de cáncer de piel, hígado, vesícula, próstata, vejiga y pulmón, así como la enfermedad del pie negro, esterilidad y abortos espontáneos. Es común ver a los habitantes laguneros con los dientes frontales podridos o de oro, lo primero por efecto del arsénico, lo segundo por la reparación del daño aparente.

 

Sin embargo, en el documento del SGM se cita que “los primeros estudios epidemiológicos fueron realizados en las décadas de los 70s y 80s, concluyendo que estos se debían principalmente al consumo de agua con altos contenidos de arsénico; la Comisión Nacional del Agua, por su parte determinó que las concentraciones de arsénico en el agua superan los 300 microgramos por litro, cuando la OMS sugiere 10 microgramos en el agua como apta para el consumo humano”.

 

Información que ubica la problemática precisa que “la región de La Comarca Lagunera corresponde a una cuenca endorreica (sin salida al mar), donde descargan sus aguas el río Nazas y diversos arroyos que drenan las sierras circundantes, esta cuenca se conoce como “Laguna de Mayrán”, ubicada en una zona árida con temperaturas promedio de 35 y 40 °C, donde el agua de lluvia sufre al menos una evaporación de 70%, esto ha permitido a lo largo del tiempo, que se precipite y concentre el arsénico, en diferentes niveles del subsuelo, los que con la explotación del acuífero se regresen a superficie y al ser utilizados afecten a la salud humana”.

 

Y lejanos, como acostumbran en los temas álgido para la agenda nacional, entran con su escándalo protagónico la política y las estadísticas hidráulicas, para debatir si el líquido hace o no falta en el país, si se privatiza o no el uso y consumo del agua, si México tiene o no sed, si la guerra del agua es invento del hombre blanco o se reduce a una estrategia más de los amos del mercado, para someter a los más pobres, para dominar y manipular a la sociedad global.

 

Registros y estadísticas de Comisión Nacional del Agua testimonian que “anualmente México recibe aproximadamente 1’449,471 millones de metros cúbicos de agua en forma de precipitación. De esta agua, se estima que 72.1% se evapotranspira y regresa a la atmósfera, 21.4% escurre por los ríos o arroyos, y 6.4% restante se infiltra al subsuelo de forma natural y recarga los acuíferos”.

La Organización de las Naciones Unidas registra que cuatro mil millones de seres humanos, de los siete mil 300 millones que habitamos el planeta, no tienen agua potable. Y en marzo se festeja el Día Mundial del Agua, qué simpleza.

POLÍTICA

Núm. 245 – Abril 2020

abril 9, 2020

Día Mundial de la Salud